Crecimiento, pobreza y desigualdad:
¿Un triángulo mágico?

© Pedro Morazán, 2022, PDF

La idea del crecimiento como base del desarrollo

La teoría económica moderna define el crecimiento económico como un aumento sostenido de la producción de bienes y servicios durante un lapso determinado. En la Macroeconomía la producción total de una sociedad se define como Producto Interno Bruto (PIB) y su cálculo se realiza anualmente bien como la suma de los bienes y servicios producidos por todos los sectores (primario, secundario y terciario), bien como el resultado de la suma entre el consumo y el ahorro, lo que se conoce como la demanda agregada. Los incrementos en la producción se ponen por lo general en relación con los incrementos de la población. Por ello el crecimiento económico se mide como el incremento del PIB por habitante o PIB per cápita.

Para poder hablar de crecimiento económico no bastan los incrementos aislados y erráticos de la producción. El crecimiento económico se mide por ello en un período de tiempo suficientemente largo. Un período de por lo menos 8 a 10 años puede darnos informaciones suficientes sobre la calidad del crecimiento económico en un determinado país- Por eso es importante recalcar que un aumento sostenido y sustancial del producto per cápita tiene importantes consecuencias por los cambios estructurales con los que va acompañado y que abarcan prácticamente todos los aspectos más importantes de una economía: transformación tecnológica, educación, instituciones, salud, patrones culturales, etc. Por ello el crecimiento económico medido como el ingreso per cápita, se considera como como un indicador determinante del desarrollo sostenible, siendo este último una categoría más amplia.

Sin embargo, la estimación del crecimiento económico en países pobres como Honduras, con un sector informal grande, no es una tarea fácil. Las dificultades para medir el crecimiento económico residen, aparte de los datos empíricos que hay que recopilar, en el hecho de que el crecimiento económico moderno supone grandes cambios estructurales y modificaciones en los factores de producción y en las estructuras económicas e institucionales.

Para fines de medición, los componentes principales de dicho proceso de transformación se reducen o sintetizan en el producto interno bruto (PIB), que nos permite establecer las necesarias comparaciones entre países. Como bien se sabe, dicho indicador no es universalmente aceptado en la teoría económica. Su cuestionamiento es, desde muchos ángulos, más que justificado. El objetivo del presente ensayo no es, sin embargo, el de analizar las innumerables dificultades que implica la comparación de productos nacionales provenientes de estructuras y condiciones sociales diversas, ni las limitaciones que implica utilizar un indicador que no internalice los costos ecológicos de la producción (Costanza e. a. 2009).

Nuestra preocupación principal se centra en la pregunta siguiente: ¿Hasta qué punto se pueden identificar los sectores en los que el crecimiento económico beneficia más a los pobres que a los ricos? ¿De qué forma se puede operacionalizar dicha dinámica para la toma de decisiones políticas acertadas? La preocupación por los problemas del crecimiento económico y su relación con el bienestar, con la inequidad o el nivel de ingresos no es reciente. De hecho el mismo Adam Smith en su obra seminal „La riqueza de las Naciones“ se ocupaba también de los factores que influyen y determinan el crecimiento económico (Smith 2020). Lo qué si es novedoso, es precisamente la idea de operacionalizar los componentes principales del proceso, descomponiendo (en lenguaje matemático) factores específicos como la pobreza y la desigualdad para focalizar estrategias económicas.

Si bien es cierto que los economistas clásicos no llegaron a formalizar una teoría del crecimiento económico, sí reconocieron – casi sin excepción – que el elemento central del crecimiento debía ser la acumulación de capital. Desde 1940 hasta muy entrados los años 60 la función Harrod – Domar era la fórmula mágica en las oficinas de planificación de muchos países de América Latina. Según dicha “receta” con el aumento de los impuestos y la reducción del gasto público improductivo crecería el ahorro público que podía ser destinado a inversiones con elevadas tasas de retorno. Como bien se sabe dicho modelo de crecimiento tenía algunos defectos entre los cuales el más importante consistía en subestimar el progreso tecnológico como factor del crecimiento.

Esté déficit fue evidente cuando a partir en 1956 el economista norteamericano Robert Solow llegó a demostrar, con la ayuda de una función de producción, que el crecimiento de los Estados Unidos desde principios del siglo XX se explicaba solo en un 20% por la acumulación de capital y en un 80% por el progreso tecnológico (Solow 1956). En vista de que el modelo solowiano permite la sustitución de factores (capital y trabajo) tiene mucha vigencia incluso en la actualidad.

Desde entonces, tanto en el campo académico como en el político, se ha ido enriqueciendo la discusión en torno los efectos del crecimiento en la reducción de la pobreza y la pobreza absoluta. La discusión no es prosaica y tiene implicaciones más profundas de las que aparecen a primera vista. Las interrogantes más evidentes son: ¿Reduce el crecimiento económico automáticamente la pobreza y la desigualdad? ¿Es contraproducente al crecimiento reducir la desigualdad inicial? ¿Hacia dónde deberá orientarse la intervención política y por la tanto ¿cuál es la relación óptima entre el Estado y el mercado?, en fin ¿es posible operacionalizar el crecimiento pro pobre?

La relación entre crecimiento y desigualdad

El primero en establecer una relación operacional entre crecimiento y desigualdad de ingresos fue Simon Kuznets[i] (Kuznets 1955). El crecimiento económico de un país es un proceso que puede ser visto solamente a largo plazo. Es en ese largo plazo en el que Kuznets define el crecimiento económico como el aumento de la capacidad de una sociedad para suministrar cada vez más bienes económicos basándose en un aumento de los avances tecnológicos y los ajustes institucionales e ideológicos que este proceso demanda. Según su hipótesis en las primeras fases del crecimiento económico la desigualdad tiende a aumentar mientras que después de haber alcanzado un determinado nivel de crecimiento económico, las desigualdades tenderían a disminuir automáticamente. La relación así establecida es conocida hoy como la U invertida de Kuznets. Actualmente ni el Fondo Monetario internacional cree en dicha automatismo y no se cansa de afirmar que la desigualdad es negativa para el crecimiento económico.

Por largo tiempo la U invertida de Kuznets se mantuvo, con sus variantes respectivas, como la base de la visión neoclásica del crecimiento económico adoptada por el Consenso de Washington. Muchas investigaciones trataron incluso de demostrar que altos niveles distribución inicial de ingresos tenían efectos negativos sobre el crecimiento económico, mientras que otras relacionaban la falta de crecimiento en la desigualdad de activos, principalmente tierra y capital humano. Especialmente a partir de la crisis de la deuda externa se consolidó en las instituciones internacionales de cooperación económica bilaterales y multilaterales la idea de que los países de bajo desarrollo económico debían buscar su estrategia de desarrollo en la promoción del llamado “sector moderno” de la economía sin preocuparse mucho en la distribución de los activos de la población que habita en las áreas geográficas del “sector tradicional”. Naturalmente que esta orientación estratégica determina no solamente las políticas macro sino también las políticas estructurales y el papel del Estado en su elaboración y es el alma de lo que se ha dado en llamar el Consenso de Washington.

En Latinoamérica la discusión sobre la relación entre crecimiento y desigualdad se replantea con el cambio de paradigma de la Comisión Económica para América La-tina (CEPAL). El punto de partida de ese proceso fue la preparación del conocido documento Transformación productiva con equidad (CEPAL 1990). La transformación productiva se convirtió en preocupación fundamental en vista de los dramáticos efectos de la llamada “década perdida” en la que el continente sufrió las consecuencias de la crisis de la deuda externa iniciada con la moratoria de México en agosto de 1982. Sin embargo en el concepto de una transformación productiva con equidad de la CEPAL había cierto grado de optimismo, ya que las estrategias definidas y por aplicar, debían llevar también a avances progresivos en materia de equidad, gracias sobre todo a la generación de un creciente empleo productivo, mejor remunerado, y a la amplia incorporación y difusión del progreso tecnológico.

Discusión internacional

Con la crisis general de los postulados del Consenso de Washington se ha revitalizado la discusión en torno al „triangulo mágico: crecimiento, pobreza y distribución“. La creencia en el efecto del derrame („trickle down“) que supone la U invertida de Kuznets de hecho se ha visto cuestionada seriamente con los resultados negativos de las políticas de ajuste estructural y de los programas de reducción de la pobreza (PRSP). El Banco Mundial y la cooperación internacional han iniciado la discusión en torno al crecimiento económico con la estrategia del llamado „crecimiento en favor de los pobres“. El Banco Mundial ha desarrollado incluso un concepto llamado “prosperidad compartida” que juega un papel determinante en la operacionalización de los objetivos de desarrollo sostenible de la Agenda 2030.

¿Qué es el crecimiento a favor de los pobres? Existe un intenso debate sobre las diferentes formas de conceptualizar el crecimiento a favor de los pobres. Para algunos observadores, el crecimiento es favorable a los pobres si conduce a cualquier reducción de la pobreza; para otros, es favorable a los pobres sólo si conduce a un aumento desproporcionado de los ingresos de los pobres, es decir, si se asocia con la disminución de la desigualdad (Klasen 2007). Aunque cada uno de estos puntos de vista tiene sus méritos, desde el punto de vista de las políticas, resulta especialmente útil definir el crecimiento a favor de los pobres como un crecimiento que maximiza las ganancias de ingresos de los pobres. Hasta aquí todo bien, pero como se dice en el lenguaje popular, “no es lo mismo verla venir que platicar con ella”.

No existe aquí tampoco el famoso automatismo neoclásico. Una de las determinantes más importantes del crecimiento en favor de los pobres la constituye la llamada “redistribución secundaria” que en la macroeconomía depende de la política fiscal. Sin embargo tampoco aquí las cosas son tan fáciles como parecen. Mucho se escucha sobre las bendiciones del Estado de Bienestar de los países escandinavos, como resultado de sus políticas redistributivas. Sin embargo, no todo lo que es bueno para los ricos es posible para los pobres. Si el pastel es pequeño, no dará mucho para todos.

Las transferencias, condicionadas o no condicionadas sirven de mucho pero no son transformadoras. Lo más importante es crear las condiciones para que cada vez menos gente sea dependiente de dichas transferencias. Esto solo es posible con la ayuda de un crecimiento económico en favor de los pobres. Es decir cuando este tiene lugar allí donde viven los pobres, en el caso de Honduras en el sector rural y especialmente en el sector productor de granos básicos. Por ello es de vital importancia aumentar la productividad de este sector.

Otro aspecto determinante lo constituye la dotación de los pobres con “medios de producción”, “bienes de capital” o “medios de vida” según el marco teórico utilizado. En países como Honduras es el “capital humano” el más importante. Incluso más importante que la posesión y uso de la tierra, sin menoscabar la importancia de esta última. Expandir las oportunidades educacionales y mejorar el acceso y la calidad de la educación es la base más importante de un crecimiento en favor de los pobres.

Por último cabe mencionar el tema de la desigualdad de género, que también ha sido identificada como uno de los obstáculos más importante para un crecimiento a favor de los pobres. Existe enorme evidencia empírica que demuestra que la inequidad de género en el acceso a la educación, los medios de producción o las fuentes de crédito es un obstáculo para el crecimiento en general con un mayor impacto sobre las familias pobres.

Si bien es cierto que la promoción de un crecimiento en favor de los pobres requiere un compromiso político del Estado de derecho, esto no justifica intervenciones innecesarias y dañinas en el proceso de producción. Habrá que evitar la emulación del “neoliberalismo” por medio de un “neoestatismo” como lo ocurrido en Venezuela, entre otros ejemplos (Hall/Soskice 2001). Aunque las reformas económicas y la liberalización pueden desempeñar un papel importante en la mejora de los incentivos de los pobres, estos cambios suelen ser insuficientes ante las imperfecciones del mercado, la escasa infraestructura, las malas dotaciones y el escaso acceso a los insumos productivos y al crédito (Klasen 2007). El nuevo gobierno podría estructurar una agenda política para el crecimiento a favor de los pobres con  políticas como el apoyo estatal a los exportadores, las subvenciones a los insumos crédito dirigido, las políticas regionales e industriales, la regulación de los precios de los bienes producidos o consumidos por los pobres, la reforma agraria y la fiscalidad redistributiva. Evidentemente que todo esto necesita una espacio fiscal suficientemente amplio, que solo puede obtenerse, si no se castiga al sector privado con cargas tributarias innecesarias.

Fuentes

CEPAL (1990). Transformación productiva con equidad: la tarea prioritaria del desarrollo de América Latina y el Caribe en los años noventa.

Hall, P.A. y D. Soskice (2001). “An Introduction to Varieties of Capitalism”, P.A. Hall y D. Soskice (edits.). Varieties of Capitalism. Oxford: Oxford University Press.

Klasen, S. (2007). Determinants of pro-poor growth. 2020 Focus brief on the worlds poor and hungry people.

Kuznets, s. (1955). Economic growth and income inequality. The American Economic Review, Vol XLV.

Morazán, P. (2004). Honduras: crecimiento pobreza e inequidad. Institut SÜDWIND.

Morazán, P. (2005). Sustainable Growth and Equality: A Study of Pro Poor Growth Policies. EED, Alemania.

Ostry, J; Berg, A, Tsangarides, C. (2014). Redistribution, Inequality, and Growth, IMF.

Smith, A. (2020). La riqueza de las naciones (Libros I-II-III y selección de los Libros IV y V). Alianza Editorial.

Solow, R. (1956). A Contribution to the Theory of Economic Growth. The Quarterly Journal of Economics, Vol. 70, No. 1.

[i] Economista nacido en Járkov, Ucrania en 1901 y nacionalizado estadounidense en 1922, obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1971

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